martes, 29 de enero de 2008

Desarrollo de la Historiografia sobre Arquitectura colonial americana



La historia de la arquitectura nos permite entender la relación que existe entre las obras y su contexto sociocultural en el que fueron creadas; el análisis de las transformaciones y permanencias de los elementos formales, tanto como de los materiales, nos entregaran herramientas documentales (arquitectura preservada) que nos ayudaran a construir nuestra propia identidad cultural. Una revisión crítica a la historiografía americana nos posibilitará rescatar los elementos positivos de ésta, pero también nos entregará los errores y omisiones en los que han caído estos historiadores. Al examinar los modelos historiográficos utilizados para crear una historia propia sobre nuestra arquitectura no pretendemos quedarnos en un conjunto de descripciones en torno a las obras, sino reconocer el contexto que le da soporte a la construcción historiográfica.
Ramón Gutiérrez sostiene que hay tres etapas en el desarrollo de nuestra historiografía, cada una de ellas responde a un periodo cronológico determinado y a específicas modalidades operativas. La primera, “La etapa de los precursores (1870-1915)”[1], responde a modelos academicistas expresados por medio de variables clasicistas, cargados de un peso peyorativo. Nuestra arquitectura sería sólo una emulación “menor” o “provinciana” (“bastarda”)[2] de la arquitectura española. El primero en abordar el tema de la arquitectura americana es el chileno José Bernardo Suárez (“Plutarco de los jóvenes. Tesoro americano de Bellas Artes” 1872, Paris), su trabajo se centra en la pintura y en la música dejando en la periferia a la arquitectura, además él desarrolla una visión descriptiva superficial, no hay un interés en buscar antecedentes o reconocer valores intrínsecos. El español, padre jesuita, Ricardo Cappa (“Estudios críticos acerca de la dominación española en América” 1895) nos entrega un trabajo fundamentado en crónicas de conquista y relatos de viajeros como fuentes, articula su investigación como una mera acumulación histórica de datos, no nos manifiesta en ella como el conquistador español adoptó la técnica incaica del trabajo en piedra, por ejemplo, y reitera además el mito de que el indio americano en sus construcciones utiliza la copia, no la racionalidad. El licenciado Manuel Revilla (publica en 1893 un texto sobre el Arte en México) introduce en la temática histórica el reconocimiento de que existen obras “prehispánicas”[3] que responden a elementos formales locales, no españoles; además plantea un método que sistematiza el uso de fuentes, crónicas, datos, textos apologéticos, etc., introduciendo también en la obra sus juicios personales; sin embargo aún considera la producción arquitectónica americana como inferior, pero no por eso “indignas de estimación y estudio”[4].
La persistencia del complejo de inferioridad es evidente, pero lentamente se va introduciendo una visión más crítica en la historiografía de la arquitectura utilizando el método comparativo, pero se mantiene una concepción histórica no secuencial; el devenir de la arquitectura americana sería un proceso aislado en lo que lo hispánico predomina. Lo esencial de estos “precursores” fue la capacidad de reconocer a la arquitectura americana como un objeto lo suficientemente complejo como para realizar estudios específicos sobre ella. Abriéndose paso entre visiones “clasicistas” y “europeizantes”[5] estos nuevos enfoques representarán los cimientos para las posteriores búsquedas de los valores arquitectónicos americanos.
Un segundo grupo, el que Gutiérrez llama “El periodo de los pioneros (1915-1935)”[6], correspondería a un conjunto de estudiosos que a partir de la crisis de la Primera Guerra Mundial comenzarían a criticar el apego de las autocracias locales a los modelos europeos. “La Patria y la Arquitectura Nacional” (Conferencias dictadas entre 1913 y 1914), texto del mexicano Federico Mariscal, marcaría la ruptura con el antiguo método historiográfico de los “precursores” abogando por la preservación de nuestras obras arquitectónicas, esto supondría a la vez un rescate y mantención de nuestra propia cultura. Por los mismos años Manuel Francisco Álvarez en “La Enseñanza de la Arquitectura” (1914) y gracias a su puesto como director de la Asociación de Ingenieros y Arquitectos de México, formuló una educación más integral a los alumnos de arquitectura dividiendo sus estudios en tres distintos niveles de especialización académica. Nivel 1: “Obrero ilustrado y Maestro de obras”; nivel 2: “Arquitectos”; nivel 3: “Arquitectos enviados a Europa a finalizar su formación”[7]. Vemos como se profesionaliza la investigación historiográfica en torno a la arquitectura, pero aún se mantiene el complejo de inferioridad, ahora con la visión de que los arquitectos americanos nunca serán mejores a los formados en Europa.
Otros en cambio, como el español Vicente Lamperez y Romea, llamaban a la comunidad de arquitectos a finalizar los “prejuicios antiespañoles”, puesto que sus modelos arquitectónicos representaban “el ideal nacionalista de la arquitectura moderna”[8]; está planteando un renacer de los modelos arquitectónicos coloniales, evidentemente la realidad de la primera mitad del siglo XX ya no es acorde a las estructuras utilizadas en la época colonial.
En este momento y de vital importancia para la evolución historiográfica posterior se encuentra Martín Noel (“Contribución a la historia de la arquitectura hispanoamericana” 1920 y “Fundamentos para una estética nacional” 1926); Juan Kronfuss (“Arquitectura Colonial de la Argentina” 1920); y Ángel Guido (“La Arquitectura Hispanoamericana” 1927 y “Orientación espiritual de la arquitectura en América” del mismo año). Los dos primeros historiadores nombrados, si bien de temáticas y metodologías diferentes, fueron los encargados de difundir el estudio histórico de la arquitectura americana. Enriquecieron la investigación incorporando una reflexión sobre los elementos formales y estructurales de la arquitectura, reconociendo en ella influencias de españoles pero también de elementos precolombinos y “virreinales”.[9]
Ángel Guido daría el empuje inicial a la investigación en torno a este tema, “La Fusión hispano indígena”[10]; creando un sistema de análisis en torno a lo morfológico y ornamental en la arquitectura americana; los próximos investigadores interesados en esta temática a partir de Guido crearán una formulación teórica en América (y desde ella) que trascendería el mero análisis morfológico. El “nuevo descubrimiento de América”[11], ahora por los americanos, supone una apertura historiográfica de los investigadores de la próxima generación además de haber acrecentado las fuentes documentales, postulando ahora un nuevo método de análisis comparado por medio de documentos (historiografía documentalista). No sólo quedan puestas las bases para una nueva historiografía, sino que también se han consolidado una serie de instituciones y medios de comunicación que cumplen una función de difusores de las nuevas tendencias historiográficas, como el Laboratorio de Arte Americano en Sevilla, fundado por Diego Angulo Iñiguez en 1933, hombre de vital importancia para la conformación historiográfica de los postulados del arquitecto argentino Mario José Buschiazzo (1902-1970).
Buschiazzo junto a Diego Angulo Iñiguez; Marco Dorta; Graciano Gasparini; Emilio Harth-Terré; Santiago Agurto; por nombrar algunos, representarían el nuevo periodo historiográfico, “El Periodo de Consolidación (1935-1971)”[12]. Se dejarían de lado los errores pasados al igual que la militancia “neo-colonial” (Lamperez y Romea) y se sostendría el conocimiento sobre una base documental más precisa (gráficos, fotografías, arqueología, planos, litografías, además de las fuentes escritas). La utilización de la cita erudita por arquitectos e historiadores del arte es característica de la nueva producción histórica, el reciente impulso hacia la documentación gráfica le otorgó a la arquitectura una autonomía como objeto de investigación, atacando el elemento de dominación española como factor esencial en la constitución de nuestra arquitectura.
[1] Gutiérrez, Ramón, “La Historiografía de la Arquitectura Americana, Entre el desconcierto y la dependencia cultural 1870-1985” en revista Summa, Buenos Aires, Argentina. N. 215/6 1985. Pág. 2
[2] Concepciones peyorativas sobre los modelos arquitectónicos utilizados por historiadores eurocentricos y clasicistas sobre la arquitectura americana. Ceán Bermúdez por ejemplo consideraba que la producción de arquitectura en América sólo era una “copia menor” de la española. En Bermúdez, Ceán “Diccionario histórico de los más ilustres profesores de Bellas Artes en España”. Ediciones Akal, 2001. Madrid, España.
[3] Ibidem. Gutiérrez, Ramón. Ver Pág. 4
[4] Ver Op. Cit. Gutiérrez Ramón, “La Historiografía de la Arquitectura Americana, Entre el desconcierto y la dependencia cultural 1870-1985. Pág. 4.
[5] “Visión Europeizante”: caracterización realizada por Mario Buschiazzo para referirse a las concepciones estructurales utilizadas en América basadas en los modelos arquitectónicos españoles. Idea expuesta en: Buschiazzo, J. Mario, “Estudios de Arquitectura Colonial Hispano Americana” Editor Guillermo Kraft, Buenos Aires, Argentina. 1944.
[6] Ibidem. Gutiérrez, Ramón. Pág. 6.
[7] Ibidem. Gutiérrez Ramón. Pág. 7.
[8] Op. Cit. Gutiérrez Ramón. Pág. 7. Ver Lampérez y Romea, Vicente. “Arquitectura Civil Española de los siglos I al XVIII” Editado en Madrid en 1922 con apoyo de la Escuela de Arquitectura de Madrid, a la cual él pertenecía.
[9] Ibidem. Gutiérrez, Ramón. Pág. 11.
[10] Denominación utilizada a lo largo de Op. Cit. Buschiazzo, J. Mario, “Estudios de Arquitectura Colonial Hispano Americana” y en su obra“Historia de la Arquitectura Colonial en IberoAmérica”, Emecé Ediciones S.A., Buenos Aires Argentina. 1961.
[11] Ibidem. Gutiérrez Ramón. Pág. 12. Ver Wolfflin, Heinrich “Orientación espiritual de la arquitectura en América” Editado en 1927.
[12] Op. Cit. Gutiérrez, Ramón. Pág. 16.